sábado, 30 de mayo de 2015

Pareidolia


Kiki de Montparnasse



Sucedió el pasado verano. ¿Recuerdas aquellos días en la costa? Sí, en aquel caserón tan tranquilo. Era nuestro treinta aniversario y lo celebramos a lo grande, con ostras, varias botellas de Château Margaux y el aire más limpio que había respirado en años. Por las tardes solíamos bajar a la bahía, hundíamos los pies en la arena y nos abandonábamos a la visión pacífica y azulada del mar. Aquella tarde estabas igual de hermosa que siempre. Como tantas veces, me permití entornar disimuladamente la mirada y detenerla en las curvas de tu cuerpo, enfundado en uno de esos vestidos color miel que tan bien te sentaban; en la delicada rectitud de tu cuello, frágil pero de una altivez intimidante. Disfruté de tus acostumbrados silencios, siempre llenos de argumentos irrebatibles, y de cien detalles más que nunca dejaron de maravillarme. Treinta años llevaba observándolos, sin que el efecto que su visión tenía sobre mí mermase lo más mínimo. ¡Treinta años! Mi corazón se estremece al pensarlo.
      El sol descendía ya hacia el horizonte y sus rayos comenzaron a lacerar la atmósfera, llenándola de tonos rojizos. Sonreí. Tanto tiempo observándote y era la primera vez que lo hacía bajo aquel prisma crepuscular. Entonces, algo sucedió: quizá fue la luz, o tu posición, o mi perspectiva. Cambié de postura, esperanzado, sin conseguir nada. Probé a frotarme los ojos. ¡Era inútil! De repente, las líneas de tu cuerpo se me aparecían distintas; duras, cortantes, impropias de la mujer con la que había dormido tantos años. La cintura era demasiado estrecha, antinatural, el resultado de dos hendiduras con forma de media luna que daban a tu silueta la forma de un "8". Quise levantarme y pedirte que volviésemos a casa, creyendo, qué idiota, que de ese modo podría evitar cuanto sucedía. Por un instante, la bocina de un mercante, a lo lejos, me devolvió algo de mundana tranquilidad. Sí, todo podía deberse a un efecto de la luz. No podía ser de otro modo. Volví a ladear la cabeza en tu dirección, con miedo. Allí seguías, tan hermosa como siempre y al mismo tiempo... tan distinta. Tu cuello era ahora mucho más delgado, inhumanamente delgado, y se alzaba sobre mí como un mástil imposible. Quise mirarte a los ojos, pero ya no pude; donde había estado tu cabeza encontré una protuberancia acaracolada, una suerte de clavijero con cuatro palometas negras, dos a cada lado, y cuatro cuerdas tensadas que te recorrían el cuerpo hasta los pies. ¿Pies? ¿Podía ser llamado así aquella espiga metálica clavada en la arena? Me levanté horrorizado y logré farfullar una pregunta: «Cariño, ¿eres tú?». Eso fue todo. Respondiste con tu habitual silencio cargado de argumentos irrebatibles, ese que habías usado conmigo durante treinta largos años. ¿Cómo pude estar tan ciego? Te cogí en brazos y abandoné la bahía. Había llegado a ella con la mujer de mi vida, y la dejaba con un violonchelo.
Aún te quiero.
 
 
 
 
 

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