lunes, 3 de agosto de 2015

Señor Croac





Todo experimento se fundamenta en una hipótesis, y la mía se presentó viendo vomitar al conde de Harsányi durante la fiesta de compromiso que dio en su hacienda de Parnopio. La encontré saltando entre cascadas espumosas de Pernod-Ricard y un Dalmore cincuentón, con sus ancas verdes y aquella mirada alcohólica-lasciva; una cría de rana, pequeña y destartalada, que salió por la garganta de mi ilustre amigo cuando éste estaba a punto de concluir su parrafada:
 
     «¿Casarme yo? —Rió—, ¿Y dar la espalda a la vida? —Volvió a reír—, esa estúpida que llora ahí dentro puede irse a la mierda. —La risa continuó, acompañada de tos y un leve tambaleo—. ¿Acaso no ve que siendo honesto con ella estoy haciéndole un favor? Porque un Harsányi siempre dice la verdad, un  Harsányi no jugaría con ninguna mujer, un Harsányi es un perfecto...»
    
     ¡Y saltó la rana croando!
     Yo, que vi al momento el potencial, me hice cargo de ella y la metí en un frasco. Tenía mi hipótesis y la desarrollaría en secreto. Hoy sólo puedo felicitarme por tomar aquella decisión. Al señor Croac, como lo bauticé, le sentaron de maravilla los oxford bags, los zapatos monk y la camisa blanca de algodón, entallada hasta el cuello con pajarita prusiana. El fajín negro brillante y la chaqueta azul medianoche no habrían encontrado mejor percha en un millón de años, ni mano más orgullosa el puño de su bastón, uno de esos sediciosos exclusivos que proyectan la sombra del emperador. Muy guapo, sí señor. ¡Quién lo iba a decir, siendo el croar un vibrato de charca! Y qué andares, qué prestancia, qué manera de pasear la distinción. No era muy difícil imaginarlo bailar el fox-trot ¡Diablos! ¡Conquistando la sala con medio paso! Me despedí de él recordando sus primeras y únicas palabras, que completaban las de mi amigo: «...un perfecto caballero». Adiós señor Croac, páselo bien, la noche es suya, sus corazones también. Haga lo que bien sabe hacer.
 
 
 
 
 

 

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